viernes, 1 de abril de 2011

¿Porqué comenzar terapia?

Entre las técnicas de curación que existen, se pueden distinguir tratamientos que llevan al enfermo más en dirección de lo que está en su interior y otros que le ayudan a ir hacia lo que le gustaría ser pero no es. En cada uno de nosotros existe casi siempre una pequeña diferencia entre lo que se es realmente y lo que a uno le gustaría ser de acuerdo con las expectativas familiares y las influencias culturales del ambiente en el que se crió. Cuando un individuo nace, es perfecto, con una organización propia de instintos y necesidades físicas y psicológicas perfectamente equilibrados.
 Sin embargo, desde el momento en que el individuo entra en la vida, esta organización empieza a tener que adaptarse no sólo a las exigencias personales sino también a la realidad circundante y sus presiones. Entonces se vuelve necesario crearse una identidad, un centro de conciencia que, con el objetivo de coordinar estas exigencias, produzca una representación de sí mismo llamado "yo".
 Normalmente, esta representación está equivocada porque está condicionada por las presiones de la cultura y de la familia en la que uno se crió. Esto hace que empecemos a considerarnos más que nada una mala copia de lo que uno piensa que debería ser, con el consecuente sentido de desazón, inseguridad y mal estar. Por ejemplo, una persona que crece con la convicción de tener que ser generosa, hará de todo para serlo en cada circunstancia, también cuando la situación requiere un poco de egoísmo. Para lograrlo, tal vez, continuará repitiéndose así misma que es más difícil ser generosos que egoístas, renunciando ver cómo, en la realidad, para nadie es ventajoso ser sólo generoso o solo egoísta. Aunque esta idea de uno mismo y de la realidad es errónea, lo que ocurre en la mayor parte de los casos es que se busca continuamente adecuarse a ese acto forzado, hasta atrofiar la parte de uno mismo que se considera negativa.
 "Eres mucho mejor de lo que te gustaría ser". Pero normalmente, la necesidad de integrarse en la propia familia es la que prevalece sobre la idea de ser quien uno es realmente. En este proceso, el individuo empieza a deformar y manipular la propia alma y el propio cuerpo para volverlos lo más adecuados posibles a las expectativas. En general, el proceso continúa hasta que llega a un punto critico en el que quien uno piensa que es está tan distante de quien uno es verdaderamente, que se vuelve necesario un giro más o menos decidido. En algunos casos el giro tiene lugar de modo dramático, cuando entramos en una crisis  -por ejemplo, con una grave enfermedad o una separación-, otras veces la tendencia cambia simplemente sin dramas: desde ese momento, el "yo" invierte el rumbo, deja de esforzarse en deformar el cuerpo y el alma según los ideales adoptados y empieza a apreciar y admirar el extraordinario diseño y la riqueza intrínseca del modo de ser propio. Por lo tanto, se dedica a la recuperación de muchos aspectos de sí mismo que antes eran rechazados, negados, alienados, proyectados sobre otras personas.
 Al principio, este proceso de adecuación a las expectativas, sustancialmente, es sano, ya que le permite al individuo integrarse en la cultura a la que pertenece. Aunque implica costes altos a nivel personal, como un gran desgaste de energía -inconsciente, claro-.
 Para convertirnos en personas maduras y más felices, es necesario deshacernos de estos personajes, de ese "yo" creado para la adaptación a la sociedad y a nuestro entorno familiar. Recuperar nuestra fuerza y energía, es necesario si queremos vivir plenamente y con libertad nuestras vidas.

                                                                                                 

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