
El síntoma, la enfermedad y la propia sombra:
Los pensamientos y sentimientos convierten a cada persona en un ser único. El punto de partida es la conciencia, que emite cierta información: cuando el modelo es mas o menos armonioso, lo denominamos salud, y en el caso de ser menos equilibrado lo llamamos enfermedad, aunque estos dos términos no representan algo tan concreto como solemos creer.
La mayoría de las situaciones que vivimos las elaboramos en los planos superiores. Cuando el sentimiento es doloroso o por alguna razón inconsciente, decidimos desecharlo, reaparece en el plano físico. Es decir se materializa. Esta materialización inconsciente de aspectos ocultos de nuestra alma se titula "síntoma".
El síntoma en el cuerpo invariablemente molesta. La primera reacción es querer eliminar esa molestia que viene de fuera a perjudicarnos. Sin embargo el síntoma físico es la mejor señal de la que dispone el ser humano para buscar el origen del desequilibrio. Es llamativo que la medicina occidental este tan dedicada a hacer desaparecer todas las llamadas de atención, sin antes al menos mostrar curiosidad por los verdaderos motivos de la aparición de los síntomas.
La enfermedad se equipara al estado de conciencia de la persona. Por eso no puede haber división entre enfermedades psicosomáticas y enfermedades puramente orgánicas, ya que todas las manifestaciones del cuerpo responden a los planos mentales y espirituales, es decir todo es psicosomático.
Los síntomas son señales portadoras de información precisa, son maestros implacables, son guías en el camino de introspección y búsqueda personal. Por eso es necesario aprender y comprender el lenguaje de los síntomas.
Las personas tenemos tendencia a formar y a emitir opiniones que son siempre válidas para nosotros mismos, y cuanto más fuertemente las defendemos, más negamos las opiniones en apariencia contrarias. Es así como caemos en la ilusión de creer que respondemos siempre a la mejor de las opciones, negando que exista en nosotros el otro polo, el negativo.
Lo que no queremos ser, lo que no queremos admitir, lo que no queremos recordar, forma nuestro polo negativo, forma nuestra sombra. El repudio de la otra mitad de las posibilidades no las hace desaparecer, sólo las niega en la conciencia.
La sombra es todo lo que un individuo no puede reconocer de si mismo.
La enfermedad es siempre una parte de la sombra que se introduce en la materia, indicando lo que me falta, lo que he rechazado, lo que he olvidado, lo que he despreciado. La enfermedad siempre nos muestra el otro polo,
la parte oculta que preferimos desconocer. La sombra contiene todo lo que consideramos malo, lo cual nos lleva a creer que debemos combatirla. Los síntomas son molestos por lo general, y por esa razón volvemos a rechazarlos cuando podríamos utilizar esa oportunidad para traer a la conciencia el polo que con anterioridad no pudimos aceptar.
Escuchar realmente a un síntoma nos obliga a ser más sinceros con nosotros mismos. No tenemos un amigo más sincero, alguien que nos muestre las cosas con tanta crudeza.
Si anhelamos momentos de soledad pero no logramos dejar un espacio en nuestra rutina cotidiana, aparece un signo físico que nos obliga a cumplir esa necesidad de soledad, por ejemplo: un ataque de asma en el que recibimos la indicación médica de un repodo urgente. A través de la enfermedad obtenemos lo que necesitamos.
Podríamos definir salud como una permanente búsqueda de apertura y aceptación hacia los procesos internos. Tal vez una definición más acertada de la palabra enfermedad se refiera a la poca conciencia de los estados internos y la no aceptación del lenguaje de los síntomas que necesitamos descifrar.
Bibliografía: "La maternidad y el encuentro con la propia sombra"
Laura Gutman
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