Para quien sabe recibirla, la ayuda está en todas partes. Flota en la atmósfera, por decirlo de algún modo. Para quien sabe verlo todo es bendición, una oportunidad de encontrar luz y nuevas perspectivas, una oportunidad de cambiar, para encontrar respuestas y acercarse más y más al centro de su ser.
Encontramos la ayuda en una palabra, en un mensaje, en un sueño, en una mirada, en un roce, en un intercambio, en un color en una relación, en el azar de un encuentro, en una conversación, en una imagen o poema o canción...
Para ello debemos cuidar nuestra sensibilidad, afinar nuestros sentidos, despenalizar nuestra capacidad de ver y oír y oler y tocar y saborear y sentir. Y fiarnos a la hora de intuir con el corazón y de reconocer las sensaciones y señales del cuerpo.
La ayuda abre las cerraduras de lo nuevo o lo desconocido. Nos sorprende a menudo nos obliga a arriesgar.
Veamos algunas recomendaciones a la hora de recibir ayuda:
Abrirse a lo desconocido
El principal problema a la hora de recibir ayuda consiste en empeñarnos en que venga del modo que tenemos previsto (y únicamente en este modo). Es decir, esperamos que corresponda a nuestra visión de cómo tendrían que ser las cosas, y si es posible, que confirme nuestro punto de vista y nuestra posición en el mundo. Por tanto lo que se opone a la ayuda es nuestro empecinamiento en confirmar nuestras hipótesis, lo cual configura un escenario en el que decimos. "No daré mi brazo a torcer, lo quiero a mi manera".
Así que recibir ayuda tiene mucho que ver con nuestra capacidad de abrirnos a lo desconocido, ya que desde nuestra forma de abordar el asunto nos solemos mantener en el problema.
Sintonizar con la vulnerabilidad y la gratitud
Desde la carencia y la necesidad nos volvemos humildes para que lo externo nos entre, para permitir que se aloje en nosotros tal como viene. Es desde la fragilidad y la vulnerabilidad desde donde el corazón se abre y abraza lo que la vida le trae para su reposo y alimento, desde donde nos podemos respetar, y respetar lo que viene del otro, y tomarlo manteniendo nuestra autonomía.
Soltar nuestras reclamaciones
Es natural que si creemos que nuestros males encontrarán remedio en más comprensión, comunicación, escucha, respeto o lo que sea que busquemos. Puede que lo encontremos, pero es más común que no sea así. Quizás en el lugar de estar donde pensábamos resulta que esta en todas partes, o que cumple también su función al no darnos la razón. En resumen, que quién la está esperando de un modo muy preciso se olvida de reconocerla cuando la tiene en frente, y quién la exige con reclamaciones la ahuyenta. En cierto modo, ocurre como con la felicidad, que anda siempre desesperada corriendo detrás de nosotros para alcanzarnos, mientras nosotros corremos sudorosos hacia delante tratando de alcanzarla a ella.
Reconocer el sufrimiento real
Quien sufre y se duele genuinamente se vuelve verdadero candidato a la ayuda, depone con facilidad su castillo y su lógica, y quizás logra soltar las amarras que lo mantienen en él. ¿Qué es un verdadero sufrimiento, un padecimiento real? Pues simplemente uno que esta conectado con la realidad. El sufrimiento real que nos abre a la ayuda está conectado con lo externo, con hechos de nuestra vida, con los otros, con lo que podemos o no podemos en los contextos que vivimos. Por el contrario, el sufrimiento que refiere reflexiones y explicaciones internas sobre nosotros mismos es poca cosa y no va muy lejos. A menudo sólo es deporte psicologista con resultado negativo, nada más.
Confiar en el ser
Es común que las personas cambiemos cuando no tenemos más opciones, especialmente cuando nuestro sufrimiento se vuelve más y más real.
Alguien dijo que la felicidad empieza cuando ya no tenemos nada que defender ni que perder, y tampoco nada que ganar ni esperar. La frase "ya nada espero", que suena tan desesperada, puede ser el escalón que nos eleva a la dicha.
Bibliografía:
"Vivir en el alma", Joan Garriga Bacardí.
